El dueño de la pelota
por Ilya Fortún el 09/02/2012 a las 08:29 horas
Cuando vi las primeras publicaciones en el Facebook de la polerita bolivarista fucsia (tirando a rosadito), pensé que se trataba de una broma; las bromas de mal gusto abundan en las redes sociales y es hasta cierto punto normal que los hinchas del fútbol desahoguen sus más bajas pasiones con sus adversarios a través de sus muros. Pero cuando abrí el periódico y me encontré con la nota referida a la presentación oficial del coqueto atuendo, francamente casi me caigo de espaldas. ¡Parecía una inocentada en pleno mes de enero!
Si todos los estronguistas nos hubiéramos reunido para planear una maldad en contra de los celestes, creo que no nos habría salido algo tan bueno. Prueba de ello fueron las expresiones de júbilo y algarabía de los hinchas aurinegros, solamente superadas en número por las muestras de disgusto y vergüenza de la propia hinchada bolivarista.
Hasta ahora, unos y otros se preguntan qué se le pudo haber pasado por la cabeza a la dirigencia académica para hacer algo así. ¿Será que ignoran cuál es la idiosincrasia del hincha del fútbol en estas latitudes? ¿Será que asumieron que las refinadas tendencias europeas de la moda deportiva serían fácilmente asimiladas por el hincha prototipo de Tembladerani?
En todo caso el desafortunado episodio, que puso en figurillas incluso a los jugadores en el partido amistoso en el que tuvieron que estrenar la desaventurada prenda, ha representado muy bien la crisis que vive el Bolívar en relación a una dirigencia que impone sus criterios sin muchas consideraciones.
El problema del Bolívar tiene que ver con una estructura institucional peligrosa e inusual en nuestra cultura, en la que una persona se compra un equipo, lo maneja a su gusto y antojo, genera grandes expectativas, no consigue los resultados esperados y reacciona mal cuando las papas queman.
Imagino que cuando los bolivaristas decidieron vender su club a un individuo con mucho dinero, no sopesaron lo que podía ocurrir si las cosas no salían como se las pintaron. A estas alturas, luego de cinco años de inversiones y regalos millonarios, se suponía que el Bolívar debía ser uno de los grandes equipos de la región; sin embargo, la realidad es otra: sin ofender a nadie, la Academia es un equipo más de la mediocre Liga boliviana.
Los resultados reales obviamente han generado fuertes tensiones, ante las cuales el patrón del club ha reaccionado caprichosamente, advirtiendo que si le siguen respondiendo se irá, con la velada amenaza de retirar su dinero y quebrar al club: me voy y me llevo la pelota, más o menos. El llamado a un referéndum aprobatorio de su gestión dice mucho de su estilo y se parece asombrosamente a la actitud del presidente Morales en el campo político.
Independientemente de lo que ocurra con la suerte del club en su asamblea, el tema de fondo acá es la pertinencia de que un empresario, por muy listo y millonario que fuera, pueda comprar una institución, y va más allá de que los resultados sean buenos o malos. El señor Claure puede ser muy hábil y muy bien intencionado, no tengo dudas, pero la experiencia nos dice que, a la larga, no es bueno permitir que poderosos empresarios compren instituciones, tal como lo hacen con otras empresas. Los clubes de fútbol, así como los partidos políticos, o las alcaldías, no son bienes de mercado, en la medida en que no responden obligatoriamente a los mismos intereses y objetivos. La construcción de instituciones conlleva complejidades varias y no se hace sólo con plata, pero lamentablemente eso se aprende siempre con sangre.
Ilya Fortún es comunicador social.
ilyafortun.blogspot.com