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La crisis de la Unión Europea y el fracaso de su integración política

por el 23/03/2010 a las 06:44 horas
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Autor: diariocritico.com
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Las amenazas y resquebrajamientos a la globalización omnipotente, no surgen por el impacto destructivo de los movimientos internacionales de protesta, sino de los equívocos, conflictos y problemas irresueltos al interior de sus mismos núcleos de poder. Todas las rondas mundiales que los activistas anti-globalización gestan e impulsan, son reacciones que comienzan y terminan en las calles. Una lección más contundente e inesperada que afectó profundamente a la globalización fue el fracaso de la integración política al interior de la Unión Europea (UE).

Pensar en una serie de fenómenos que son irreversibles siempre nos llena la cabeza de pesimismo, temor y tristeza. Nadie puede volver a nacer, como tampoco cambiar los códigos genéticos más profundos de la herencia. Desandar el tiempo y arrepentirse después de haber tomado una decisión política errónea es, sin lugar a dudas, una experiencia horrenda para cualquier político, sobre todo si se miran las consecuencias de las consultas populares como el referéndum llevado a cabo en Francia el 29 de mayo de 2005, donde 55% de los franceses rechazó la posibilidad de ratificar la flamante Constitución Europea, seguido de otro dictamen en los Países Bajos el primero de junio del mismo año, donde 60% también repitió otro contundente No.

Estos resultados representan un trauma históricamente crítico porque fue la primera vez que dos países fundadores de la UE se negaron a ampliar y proseguir con la integración política. Para los líderes franceses y holandeses, los referéndums son un hecho irreversible pero, al mismo tiempo, un posible error político que dio paso a la mayor incertidumbre sobre el futuro inmediato de la UE.

Nadie podía creer que el No previsto en las encuestas de los primeros tres meses de 2005, se hiciera realidad. Las primeras reacciones fueron de consternación para transitar después a la resignación e iniciar cambios inmediatos en la orientación de futuras consultas. ¿Dónde están las explicaciones que se oponen a una decisiva integración política?

Tanto Francia como los Países Bajos dejaron traslucir sus problemas internos en una consulta que buscaba el análisis y apoyo a la agenda exterior, a los desafíos de la globalización económica, política y cultural. Los altos índices de desempleo e insatisfacción con las condiciones de la economía sembraron tal bronca que todas las preocupaciones económicas, fantasmas y prejuicios se convirtieron en el rechazo unísono de mayores derechos políticos. Los franceses y holandeses le dijeron No a la Constitución Europea y, asimismo, a las principales políticas de Jaques Chirac, entonces presidente de Francia y del primer ministro holandés, Jan Peter Balkenende.

 La Unión Europea quedó bastante debilitada con ambos referéndums, lo cual favoreció a las estrategias estadounidenses. Diversos editoriales en las páginas del Wall Street Journal, señalaron claramente que el desencanto con Chirac y Balkenende constituían un serio revés para proyectar una Europa más fuerte, además de mostrar cómo un mecanismo plenamente democrático llamado referéndum podía convertirse, a su vez, en la expresión de gobiernos centrales débiles y donde las aspiraciones de integración política continental carecían de una verdadera vocación para obtener hegemonía. Con el debilitamiento político de la Unión Europea, los Estados Unidos se revelaban, nuevamente, como la única potencia imperial, donde las consultas populares no existen pero sí una política exterior ambiciosa y militarmente efectiva. Francia y los Países Bajos fueron más democráticos al ejecutar sus referéndums pero, curiosamente, sus gobiernos se desgastaron y afectaron al resto de los países miembros de la UE; un resultado que nadie previó.

 Las aflicciones con el desempleo y el estancamiento de los ingresos del ciudadano medio, alimentaron las preocupaciones nacionalistas, razón por la cual una constitución para expandir la UE era igual a una pérdida de identidad, a un desarraigo de las naciones francesa y holandesa, junto al quebranto de cierta unidad entendida como un peligro que viene de afuera. Por otra parte, si bien el texto constitucional fue difundido ampliamente, muy pocos se atrevieron a leerlo en su conjunto. Hoy día, uno de los reclamos más importantes gira en torno a corregir el documento para hacerlo más legible, sencillo y corto; sin embargo, el golpe mortal que recibió la Unión Europea es quedarse a medio camino de convertirse en el primer experimento para construir un acuerdo político globalizador, capaz de integrar no solamente mercados sino también tradiciones y derechos civiles.

Para muchos europeos, la nueva Constitución representa una amenaza contra ciertas libertades que no se pueden reducir a un solo poder globalizador, por ejemplo, muchos homosexuales consideran que aprobar una Constitución Europea es construir un Supra-Estado, el cual interferiría con algunas políticas liberales como los matrimonios entre gays y la eutanasia, problemas que no son susceptibles de encasillarse dentro de una sola matriz paneuropea. A esto hay que agregar que las actitudes más xenófobas lograron frenar el avance de Turquía para integrar la lista de los veinticinco países de la EU porque los referéndums del No, obligan a que la comunidad europea haga un alto en el camino para priorizar las agendas de los países con problemas económicos y excesiva inmigración, lo cual acentúa el proteccionismo.

 Francia y los Países Bajos ejemplifican cómo el nacionalismo puede exacerbarse y convertirse en un pretexto fácil para frenar muchas estrategias de globalización. Los referéndums construyeron un escudo muy difícil de romper, cuyos elementos son: desafección con el gobierno de turno; aumento de ciertos prejuicios donde se tiene miedo a que la Constitución Europea posibilite un viraje económico hacia una dirección anglosajona; preocupación por una más reducida influencia francesa y holandesa si se permite el ingreso de diez nuevos países; y, finalmente, una impugnación clara a que Turquía acelere su adscripción a la UE.

 Simultáneamente, los rechazos expresaron el fracaso político de llevar la Unión Europea más cerca de sus ciudadanos, más próxima al pueblo. De ahora en adelante, hay una gran incertidumbre sobre cómo responder a las futuras demandas políticas del ciudadano de a pie porque todo se transforma en múltiples dudas: ¿en el futuro deben someterse a consulta otros asuntos estratégicos de la Unión?, ¿vale la pena seguir adelante con otros países que ya ratificaron la constitución?, ¿las negativas francesa y holandesa han decidido también por otros?, ¿las tensiones entre los problemas internos de cualquier país y el compromiso con Europa, desembocarán siempre en la pérdida de capital político para la UE?

 La Unión Europea está enfrentando su peor crisis política sin que medie movimiento anti-globalización alguno. Este conflicto, irónicamente, no fue causado por sabotajes islámicos ni amenazas terroristas, sino por dos de sus países fundadores. Justamente, estos dilemas fueron también el eje de la reunión de los veinticinco miembros el 16 de junio de 2005, momento en que Tony Blair, entonces Primer Ministro británico, asumió la presidencia de la UE. Blair estuvo muy preocupado sin sugerir soluciones rápidas, atinando solamente a declarar desde Italia que “los resultados obligaban a un momento de reflexión”, y postergó la ejecución del referéndum británico para el año 2006 porque las encuestas adelantaban otra avalancha del No a la Constitución, resultado que podía costarle a Blair su cargo pues él apostaba por un Sí. Hoy día, la Gran Bretaña suspendió indefinidamente cualquier referéndum sobre la Constitución europea. Lo cierto es que después de lo ocurrido en Francia y los Países Bajos, ningún otro líder está dispuesto a ahondar más la crisis de integración política en la Unión Europea. Hoy día todo está muy incierto y las dubitaciones europeas tienden a fortalecer las estrategias autoritarias, así como el poder de los Estados Unidos.

Franco Gamboa Rocabado, sociólogo político, miembro de Yale World Fellows Program y del Instituto de Ciencia Política de la Pontificia Universidad Católica de Chile, franco.gamboa@aya.yale.edu



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